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domingo, 23 de junio de 2013

La despedida


Mi mamá me perseguía y yo corría a toda velocidad; sin embargo, ella era más rápida. De repente, sentí que me agarró del cabello y me tiró. Asustada y molesta, me levanté. Todos se sorprendieron de la manera en que mi mamá me atrapó, pero esto les daba la victoria.

Estábamos en un campamento porque yo iba a los Scouts. Era  diciembre y siempre íbamos al Ajusco para hacer actividades, convivir y planear los campamentos o eventos próximos. Tenía 10 años y el juego era entre padres e hijos. Obviamente, los padres salieron vencedores tras mi derrota. Después de divertirnos un rato fuimos a la cabaña para comer. Todo parecía perfecto. Nunca pensé que ese día se convertiría  en la despedida.

En la noche todos estábamos exhaustos, y como era costumbre, cantábamos o platicábamos  alrededor  de la fogata. Antes de irnos a dormir, nuestro superior se paró y comenzó a hablar sobre los inicios del grupo y su trayectoria.

A pesar de que era tarde todos estábamos atentos. Después dijo algo que no me esperaba: “Sé que las despedidas son difíciles, pero así tiene que ser. Ya saben que durante este año no ha habido mucha gente en nuestro grupo, por lo que decidimos irnos a otro. Nada va a cambiar, solo nuestra pañoleta.” No lo podía creer y mucho menos entendía sus palabras. Estaba segura de que no íbamos a ser los mismos. El otro grupo no me gustaba y su pañoleta era horrible.  El cariño que sentía por mi grupo y el imaginarme con un uniforme que no era el acostumbrado, me hizo llorar.

Todos me miraban y parecía que no comprendían mi llanto. Mi superior me dijo: “Vianey, tranquilízate, no pasa nada. Solo nos vamos a cambiar de grupo. Sé que usarás otra pañoleta, pero estaremos juntos”. Le dije que no era cierto y que no sería lo mismo.

Creo que mi llanto y mi inocencia conmovieron a los demás porque cuando me volví hacia ellos, me percaté de que todos estaban llorando. No quise hablar, así que me levanté y me fui a dormir.  Si no estaba en mi grupo, prefería irme. Habían pasado siete años desde que acudía todos los sábados al parque Tezozomoc para hacer actividades en los Scouts  y no podía cambiar mi tropa por otra.

Al día siguiente cantamos y nos despedimos con una señal y un abrazo. Aunque intentaron convencerme de ir al otro grupo,  no quise. Preferí quedarme con los recuerdos y experiencias del mío. 

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