Mi mamá
me perseguía y yo corría a toda velocidad; sin embargo, ella era más rápida. De
repente, sentí que me agarró del cabello y me tiró. Asustada y molesta, me
levanté. Todos se sorprendieron de la manera en que mi mamá me atrapó, pero
esto les daba la victoria.
Estábamos
en un campamento porque yo iba a los Scouts. Era diciembre y siempre íbamos al Ajusco para
hacer actividades, convivir y planear los campamentos o eventos próximos. Tenía
10 años y el juego era entre padres e hijos. Obviamente, los padres salieron
vencedores tras mi derrota. Después de divertirnos un rato fuimos a la cabaña
para comer. Todo parecía perfecto. Nunca pensé que ese día se convertiría en la despedida.
En la
noche todos estábamos exhaustos, y como era costumbre, cantábamos o
platicábamos alrededor de la fogata. Antes de irnos a dormir, nuestro
superior se paró y comenzó a hablar sobre los inicios del grupo y su
trayectoria.
A pesar
de que era tarde todos estábamos atentos. Después dijo algo que no me esperaba:
“Sé que las despedidas son difíciles, pero así tiene que ser. Ya saben que
durante este año no ha habido mucha gente en nuestro grupo, por lo que
decidimos irnos a otro. Nada va a cambiar, solo nuestra pañoleta.” No lo podía creer
y mucho menos entendía sus palabras. Estaba segura de que no íbamos a
ser los mismos. El otro grupo no me gustaba y su pañoleta era horrible. El cariño que sentía por mi grupo y el imaginarme con un uniforme que no
era el acostumbrado, me hizo llorar.
Todos
me miraban y parecía que no comprendían mi llanto. Mi superior me dijo:
“Vianey, tranquilízate, no pasa nada. Solo nos vamos a cambiar de grupo. Sé que usarás otra
pañoleta, pero estaremos juntos”. Le dije que no era cierto y que no sería lo
mismo.
Creo
que mi llanto y mi inocencia conmovieron a los demás porque cuando me volví hacia ellos, me percaté
de que todos estaban llorando. No quise hablar, así que me levanté y me fui a
dormir. Si no estaba en mi grupo,
prefería irme. Habían pasado siete años desde que acudía todos los sábados al parque Tezozomoc para hacer actividades en los Scouts y no podía cambiar mi tropa por otra.
Al día
siguiente cantamos y nos despedimos con una señal y un abrazo. Aunque
intentaron convencerme de ir al otro grupo,
no quise. Preferí quedarme con los recuerdos y experiencias del
mío.