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lunes, 27 de mayo de 2013

Mi primera competencia

 

 
Miré a mi mamá mientras el entrenador le decía  que estaba preparada para competir, aunque yo no pensaba lo mismo. El día de la competencia hacía calor. Salí de casa con mi mamá y mis abuelos para dirigirnos al club casa blanca. Al llegar al lugar de la competencia me sentí  nerviosa porqué apenas sabía nadar.

 
Mi entrenador me llamó para comenzar con los ejercicios de calentamiento previos a la competencia. Entré a la alberca y nadé durante 20 minutos. Salí de la alberca y me dirigí a la zona de espera para reunirme con mi equipo. Mientras tanto, mis abuelos y mi mamá se fueron a las gradas para esperar el inicio de la competencia.


Daniela, una niña grosera que estaba a mi lado, comentó que no estaba nerviosa; le sonreí mientras pensaba, “ya no quiero estar aquí”. Esperé durante unos minutos, y llegó mi turno de competir. Me levanté y caminé hacia la alberca. Miré hacia las gradas y saludé a mi familia. Subí a la plataforma de salida instalada en la línea inicial. Me coloqué en posición y me lancé hacia la alberca al escuchar el silbato; caí de panzazo y nadé lo más rápido posible. Me sentí una mala competidora porque llegué en penúltimo lugar.
 
 
Así fue la primera de seis competencias. En las siguientes competencias trataba de no escuchar a los padres gritando, cosa que era imposible. Al igual que en la primera competencia, también caía de panzazo. Este hecho provocaba  que  llegara en último lugar, además terminaba agotada. Al final de cada competencia me acercaba a ver  la lista de lugares, y con fortuna, me encontraba en los últimos 20. Esto no mejoraba mi ánimo.


A las tres de la tarde terminó la serie de competencias y me dirigí a  las regaderas para bañarme. En ese momento no quería ver a mi familia porqué me daba mucha pena, ya que mi desempeño en las competencias no fue el que esperaba.

 


Al salir busqué a mi familia, que estaba al final de la alberca. Mi abuela me dijo: “Lo importante no es ganar, sino que te diviertas y disfrutes lo que haces. No te preocupes apenas estas empezando”. Ella tenía razón. No fui la mejor ese día, pero eso no significaba que no podía mejorar. “Es hora de irnos”, dijo mi mamá.



 Llegué a mi casa aproximadamente a las cuatro de la tarde y comí una naranja y dos mangos. Estaba tan cansada que me dormí.