Miré a mi mamá mientras el entrenador le decía que estaba
preparada para competir, aunque yo no pensaba lo mismo. El día de la competencia hacía calor. Salí de casa con
mi mamá y mis abuelos para dirigirnos al club casa blanca. Al
llegar al lugar de la competencia me sentí nerviosa porqué apenas sabía
nadar.
Mi entrenador me llamó para
comenzar con los ejercicios de calentamiento previos a la competencia. Entré a
la alberca y nadé durante 20 minutos. Salí de la alberca y me dirigí a la zona
de espera para reunirme con mi equipo. Mientras tanto, mis abuelos y mi mamá se
fueron a las gradas para esperar el inicio de la competencia.
Daniela, una niña grosera que
estaba a mi lado, comentó que no estaba nerviosa; le sonreí mientras pensaba,
“ya no quiero estar aquí”. Esperé durante unos minutos, y llegó mi
turno de competir. Me levanté y caminé hacia la
alberca. Miré hacia las gradas y saludé a mi familia. Subí a la plataforma
de salida instalada en la línea inicial. Me coloqué en posición y me lancé
hacia la alberca al escuchar el silbato; caí de panzazo y nadé lo más rápido
posible. Me sentí una mala competidora
porque llegué en penúltimo lugar.
Así fue la primera de seis
competencias. En las siguientes competencias trataba de no escuchar a los
padres gritando, cosa que era imposible. Al igual que en la primera
competencia, también caía de panzazo. Este hecho provocaba
que llegara en último lugar, además terminaba agotada. Al
final de cada competencia me acercaba a ver la lista de lugares, y con
fortuna, me encontraba en los últimos 20. Esto no mejoraba mi ánimo.
A las tres de la tarde terminó
la serie de competencias y me dirigí a las regaderas para bañarme.
En ese momento no quería ver a mi familia porqué me daba mucha pena, ya que mi
desempeño en las competencias no fue el que esperaba.
Al salir busqué a mi familia, que estaba al final de la alberca. Mi abuela me dijo: “Lo importante no es ganar, sino que te diviertas y disfrutes lo que haces. No te preocupes apenas estas empezando”. Ella tenía razón. No fui la mejor ese día, pero eso no significaba que no podía mejorar. “Es hora de irnos”, dijo mi mamá.
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